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Gestion 2016.03.18

Intolerancias

A propósito del enredado proceso electoral

Publicado: 2016-03-18


En alguna ocasión, el genial Oscar Wilde dijo: “Puedo tolerar todo excepto la intolerancia”. Yo digo lo mismo, y lo digo a propósito de las marchas y manifestaciones en contra de la candidata Keiko Fujimori. En contra a su derecho de dirigirse con libertad y sin temores a sus partidarios para pedirles sus votos, como corresponde a cualquier elección en democracia. 

Desafortunadamente, tal derecho está siendo conculcado en medio de un clima de violencia que -paradójicamente- reclama como sustento el derecho a la libertad de expresión de los hostigadores de la señora Fujimori. Increíblemente, este clima de violencia e intolerancia está siendo azuzado por algunos medios de comunicación que no dudan en celebrar la barbarie con sendos despliegues y titulares de primera plana convirtiendo a los perpetradores -pulpines incluidos- en “víctimas inocentes” de la “represión fujimontesinista”. 

De esta manera, dichos medios –que trascienden a la prensa escrita on- y off-line y se encuentran también entre quienes propalan ondas radiales y televisivas– actúan como cajas de resonancia de ciertos partidos políticos y candidatos presidenciales (y, de por lo menos, un excandidato a la Presidencia de la República) que, ante su falta de ideas, acuden presurosos a la diatriba y a la descalificación de las personas en búsqueda de una confrontación física que termine por deslegitimar unas elecciones conducidas de manera mediocre e irregular por un poder electoral burocrático y pusilánime. 

Algunos lectores estarán pensandoque, por lo escrito en los párrafos precedentes, mi corazón es naranja y late al ritmo del chino. Y es que nuestra pobre cultura política nos invita a la desconfianza y a la búsqueda de motivaciones subalternas. Lo entiendo, pero este no es mi caso. Personalmente, no encuentro en la señora Fujimori méritos suficientes para merecer mi voto. Creo que el cargo de presidente de la República es de tal trascendencia que uno ni se lo merece por haber estudiado en el extranjero, o por tener plata como cancha, o por ser hijita de papá. Pero el derecho que tiene la señora Fujimori de competir sin temor a que la agarren a botellazos es de carácter constitucional. Oponerse a ello es de una intolerancia que simplemente no puedo tolerar. 

Como tampoco puedo tolerar la mediocridad del resto de nuestras instituciones. Un Congreso incapaz en cinco años de sacar adelante una reforma política que acerque de manera efectiva a los ciudadanos a la Res Pública (la cosa pública). O tolerar partidos políticos sin vida partidaria que terminan siendo –en época electoral– vehículos para la vanidad de algunos iluminados. O tolerar a políticos inescrupulosos para quienes la verdad es apenas un dato de la realidad, irrelevante a la hora de perseguir sus intereses subalternos, por más que estos afecten la dignidad nacional. 

¿Cómo tolerar un Poder Ejecutivo dominado por las pasiones e intereses particulares de quienes lo ejercen con el desdén y la vanidad de quienes se sienten que están por encima de los ciudadanos que los eligieron? Un gobierno como el del presidente Humala, tan obnubilado por las necesidades políticas de corto plazo que declara, muy suelto de huesos, que uno de sus mayores logros es que usted o yo viajemos a Europa sin necesidad de visa, ignorando preocupaciones realmente trascendentales, como son la inseguridad ciudadana, la violencia política o la falta de empleo. 

En el campo económico, hay muchísimas cosas que toleramos a pesar de ser radioactivas para el desarrollo nacional, como son la existencia de oligopolios carentes de regulación con dientes, entes administrativos de gobierno más preocupados por cuidarse las espaldas antes que facilitar el crecimiento económico, una política monetaria y cambiaria al servicio de unos pocos, un MEF omnipotente y omnisapiente, etc., etc., etc. En estos casos, la intolerancia sería más que justificada. En el caso del derecho de la señora Fujimori a llevar a cabo su campaña, la intolerancia es total y absolutamente intolerable.


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Economía Imperfecta

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