la naranja está partida

Diario gestion: columna de opinion

Narcotráfico y corrupción: el discurso ausente

“Los grandes  productores, los  grandes capos, viven  tranquilamente en la  sombra”.

Publicado: 2015-08-07


¿Quiénes son los mayores narcotraficantes del Perú? ¿Cuáles son los principales casos de corrupción en agravio del Estado peruano? Los medios abundan en noticias acerca del sicariato, de los efectos colaterales de una guerra entre asesinos que no entendemos, que se manifiesta día a día con un número cada vez mayor de muertos y una sensación generalizada de indefensión. Pero, ¿quiénes son esos capos de la droga en el Perú? ¿Y cuáles son esos grandes temas de corrupción?

En México todos hablan del Chapo Guzmán, del Cartel Beltran-Leyva, de la Familia Michoacana, de los Templarios, del Cartel del Golfo, del Cartel de Juárez, del Cartel de Sinaloa, de los Zetas, etc. En Colombia, los herederos de Pablo Escobar están diseminados en el Cartel de Cali, el Cartel del Norte del Valle, los Urabeños y los Rastrojos, entre muchos otros. Es decir, los capos tienen nombres, tienen rostros y son perseguidos de manera activa por las autoridades. En el Perú, el narcotráfico existe, lo palpamos, sentimos su influencia en el mundo de la política y en los poderes del Estado, lo experimentamos a través de las miles de operaciones diarias de lavado de dinero, lo vemos en el consumo suntuario y muchas veces estrafalario de los “nuevos ricos”. Pero curiosamente permanecen en una especie de anonimato. Están, pero no están. El 2004 fue la ultima vez que el Estado peruano desarticuló a una organización del narcotráfico de alguna monta. Desde entonces, los que caen, son los micro productores y los micro comerciantes. Los grandes productores, los grandes capos—que los hay—viven tranquilamente en la sombra. Y les aseguro que no se hacen llamar Tony Montana.

Algo similar sucede con el tema de la corrupción en agravio del Estado. Mucho ruido y pocas nueces. Que una tarjeta de crédito por aquí, que un financiamiento político irregular por allá, etc. Pero nada acerca de los grandes negocios del Estado, que cualquiera con dos dedos de frente puede intuir que han de terminar, en algún momento, en una operación tipo Lava Jato a la brasileira. ¿O acaso a nadie le parece sospechoso la enorme cantidad de procesos de selección de inversión por miles de millones de dólares con un solo postor de los últimos veinte años?

Los mecanismos de control para los procesos de adquisición publica en los casos menudos son muchos y hasta exagerados. Pero allí no anida la verdadera corrupción, esa que se negocia en suites de hoteles de cinco estrellas, que se diseña en términos de referencia al “gusto del cliente”, en procesos multimillonarios que no reciben sino el mas mínimo escrutinio por parte de medios de comunicación que ven estos temas como demasiados complicados, a menos que se produzca alguna denuncia de por medio.

Y así estamos. Lo peor es que los candidatos a la presidencia de la Republica—declarados y supuestos—no parecieran estar en condiciones de desarrollar un efectivo discurso anti corrupción y en contra del narcotráfico, limitados como están por sus “antecedentes”. En vez de ello, los candidatos y pre candidatos se contentan con pregonar diferentes, pero muy parecidas versiones del “modelo económico”. Y allí termina la cosa. Ignoran olímpicamente que la violencia, inseguridad y desesperanza que agobia a los ciudadanos y que limita y transgrede la legitima inversión privada es producto precisamente de estos dos flagelos: el narcotráfico y la corrupción en agravio del Estado, dos procesos que se refuerzan mutuamente en la multitud de actividades ligadas al lavado de activos, incluyendo el propio financiamiento de partidos y movimientos políticos. Carecen los candidatos no solo de suficientes grados de libertad para elaborar una propuesta que parta de un entendimiento cabal de la magnitud del problema, sino—lo que es mas preocupante—carecen de un sentimiento genuino de repulsión frente al narcotráfico y la corrupción. Se trata, en síntesis, del discurso ausente.


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Economía Imperfecta

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